Desde pequeña, siempre hay cosas que nos llaman la atención. Cuando era chica, le prestaba demasiada atención a las cosas, o a alguna persona. Es como esa tía que te presentan a los seis años y no tienes pico idea de donde salió; y es entonces cuando te fijas todo lo que hace, mientras te preguntas ¿de dónde salió?
Recuerdo a alguna tía, (tía abuela de mi madre), que tenía los ojos celestes, y enormes. Al principio, me asustaba; me miraba fijamente y hacia un movimiento raro con su mandíbula. En ese entonces tendría unos 70 años. Tenía el pelo negro, (obviamente teñido), era de tez blanca y usaba muchos collares y anillos. Tenía las uñas perfectamente cortadas, casi siempre teñidas de un color marrón o quizás bordeaux. Lo más interesante, era que yo no era su nieta, claro; pero cada vez que me veía me hacía un gesto kinésico para que me acercara. Abría su cartera, y entre remedios, libretas y rouge sacaba tres pastillas de licor, y me las daba, así como si fuese una especie de narcotráfico. Me daba un beso en la mejilla y me decía, ‘No le digas a nadie, sólo te los dí a ti’ Me gustaba la forma de las pastillas, eran como barrilitos. A veces me regalaba de anís, menta o miel. Me acuerdo que eran de las que venían en la bolsa del arbolito de Ambrosoli. Me dí cuenta, de que aquella tía, sólo me daba dulces a mí. ¿Por qué? No lo sé.
Recuerdo también, en esa misma época, lo divertido que era ir a la casa de mis abuelos. Mi abuelo, era del campo; no de cualquier campo. Él era de Siria, y llegó muy joven a Chile, por casualidad. También, por casualidad, conoció a mi abuela. Y es entonces como saben que siguió la historia…cuarenta y tantos años después, nací yo.
Siguiendo con el tema, recuerdo siempre llegar a la reja de la casa, con mi Topo Giggio en mano, y con suerte alcanzaba el timbre. Es entonces cuando salía mi abuelo. Su voz grave y de acento raro se alegraba al verme. ‘Camila’ yo, caminaba hacia él y me tomaba en brazos. Siempre le causó gracia mi ‘Topo Giggio’ pero yo no le encontraba nada extraño. Cuando ya saludaba a toda la tropa de tíos y primos me iba al jardín. Para mí, ese jardín era como un bosque inmenso, y no estaba lejos de serlo. Mi abuelo había plantado paltos, damascos, almendros, una higuera, limones, naranjos e incluso habían frambuesas, y esto señores, en pleno barrio de providencia. Solía jugar con mi prima, que tiene tres años más que yo, aunque a veces sentía que ella no tenía tanta imaginación como yo.
Cuando me aburría de jugar en el pasto, subía a la habitación de mi tía. Eso para mí era un palacio. Su closet estaba lleno de abrigos, algunos de piel, vestidos lindos, brillantes, perfumes, cremas y lo mejor de todo, joyas. No importa cuántas veces las contaba, para mí siempre había algo nuevo. Tenía anillos con piedras, de otros países, collares de perla y aros de esos que solo se apretaban. Yo sabía que ella sabía que me metía a intrusear en su pieza. Mi mamá siempre me retaba, pero a mi tía parecía no importarle, mal que mal, era mi madrina. Sabía que me encantaba imitarla. Muchas veces me regaló aros y pañuelos, entonces yo me disfrazaba y me sentía de lo más cachilupi en mi casa.
Debo decir, que he tenido que pagar con creces todo eso. Tengo tres sobrinas, y el primer gran espectáculo cuando vienen a mi casa es…mi pieza. Una vez escuché que para ellas era ‘demaciado entretenida’ mi pieza, porque tenía muchos colores, perfumes, cremas, mi cubrecama era morado y tenía joyas’. Es increíble como las cosas se van repitiendo. Qué iba a pensar yo, con seis años, que quince años después, tres niñas, que en ese entonces no pensaba en conocer…¿iban a tener mis mismos sueños, inspiraciones y deseos? Lo mejor de todo esto, es que ahora, puedo jugar a la tía que regala dulces (claro, más joven), y hacer pequeños pactos secretos con esas niñas. Esas niñas que de tanto en tanto me alborotan la vida, y de tanto en tanto me hacen feliz.
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